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Dom, 29/01/2006 - 07:54
Algo ha cambiado en las vacaciones de los niños desde aquellos veraneos de más de dos meses, retirados en algún pueblo y playa, sin apenas contacto con el mundo exterior, sin teléfono, sin viajes en coche, sin móvil.
Cuando pensamos en cómo compaginar las vacaciones escolares de los niños con las vacaciones de los padres, especialmente cuando trabajan los dos, padre y madre, solemos pensar sobre todo en verano. Pero cada vez más se hacen más patentes esos agujeros vacacionales de dos semanas en Navidad, en Semana Santa, o en Fallas, o en fiestas de primavera, o en Semanas Blancas.
Para las familias en las que las madres dedican su tiempo exclusivamente al hogar, estos períodos son un tiempo de cambio de ritmo: de adaptación de los recursos y hábitos de ocio a los nuevos modo de vida.
Para las familias cuyos padres trabajan ambos, son un problema de ajuste muy serio, el cual sin embargo, de un modo u otro, va encontrando caminos para convertirse en algo sencillo, claro y asequible. No desde luego por el impulso de la administración educativa, que se adapta muy despacio a las nuevas necesidades sociales. El paso hacia la extensión de los comedores escolares, aulas canguro, actividades extraescolares bien dotadas e integradas en el proyecto de centro, las escuelas de verano y alternativas de ocio educativo, es muy lento, inseguro y poco visible.
La solución a esta situación ha llegado de mano del mundo de las empresas de ocio, que han preparado ofertas vacacionales variadas, que cumplen una función combinada de diversión y atención al niño. Cada vez es mayor la oferta y el consumo de lo que aún tiene un nombre poco claro: Escuelas de verano, escuelas de invierno, escuelas de vacaciones, clubes de vacaciones, campamentos de verano, campamentos infantiles.
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